Lo que me sorprende de Madrid es ese arrebato (mañanero, en la mayoría de sus apariciones) de ganas de abandonarlo que me asalta de pronto algunas veces. Bien es cierto que tal pensamiento suele aparecer cuando vuelvo de alguna visita a otras ciudades más pequeñas: con menos gente, con otro encanto. Un encanto que es imposible encontrar en Madrid: "Oiga, señora, ¡deje salir antes de entrar!", [puerta de autobús cerrándose en tus morros], "¡No empujes!", "No, lo siento, no tengo nada", [otro autobús que se escapa, impasible]. Esa sensación de "vuelva usted mañana" que ya ni indigna ni pilla de sorpresa. Valladolid, Cádiz, Toledo, Ibiza... Otro ritmo, de norte a sur, otra vida, otra manera de ver las cosas. Menos relojes (algún encargado de tienda no ha tenido uno en su vida en según qué lugares). Y me preguntan: "Entonces, ¿qué te ata a Madrid?". Demasiadas cosas, demasiados horarios, hábitos, costumbres y lugares que, en mi opinión, te forman como persona cuando vives durante toda una vida en una misma ciudad. Más, si cabe, si se trata de tu ciudad natal. Los lugares modelan a las personas, su carácter, su forma de moverse, de hablar. Yo misma me ato a Madrid.
No hay comentarios:
Publicar un comentario