Tengo dos teléfonos móviles, cuatro cuentas de correo electrónico, pertenezco a dos redes sociales desde hace tiempo y, recientemente, he sucumbido a los encantos de los 140 caracteres de Twitter (aunque, debo decir, sin demasiado éxito). Pero no tenía un blog. Hasta ahora. Recuerdo, con aire entre nostálgico y cariñoso, aquel proyecto bloguero que puso en marcha cierto profesor de cierta optativa en el último (o lo que yo creía que iba a ser el ultimo) año de carrera; las intenciones del buen hombre eran las mejores, pero en mi grupo de trabajo la cosa no cuajó. Y no sé por qué, al fin y al cabo, lo que estudiamos era Periodismo. Bueno, por aquel entonces ya sabíamos que en realidad no lo era. Porque todo tiene un tope y, en mi caso, el tope de aquella creencia fueron tres años, como mucho. Aunque ése es otro tema.
Llevaba tiempo con la idea rondándome en la cabeza: crear un blog, empezar a escribir con cierta regularidad, encontrando un hueco. Quizá muchos días me resulte difícil encontrar ese hueco, pero espero mantener el ritmo.
Lo que no sé es sobre qué voy a escribir. Ni quién lo va a leer. Ya surgirá.
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